La Piñata: Tradición y Creatividad
- Maritza Villegas
- 25 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Jueves 25 de diciembre de 2025
La piñata es una de las tradiciones más coloridas y esperadas en las celebraciones de América Latina, evocando la alegría de la infancia y la unión familiar. Su origen se encuentra rodeado de misterio, con dos versiones que han trascendido a través del tiempo. La primera versión, popularizada por Marco Polo, relata cómo el explorador observó en la antigua China la práctica de romper una figura de buey rellena de semillas durante el Año Nuevo Chino. Esta tradición viajó a Italia, posteriormente a España, donde adquirió un nuevo significado antes de ser traída al Nuevo Mundo por los conquistadores. En su llegada, las piñatas se transformaron, adquiriendo un valor simbólico y religioso.
La segunda versión sitúa el origen de la piñata en la civilización maya, donde se jugaba un juego similar con los ojos vendados, en el que se colgaba una olla de barro llena de cacao. Con la llegada de los españoles, esta dinámica se reformuló; los misioneros comenzaron a usar las piñatas como herramienta para la evangelización. Eran elaboradas con ollas de barro o cartón, adornadas con siete picos, cada uno simbolizando uno de los siete pecados capitales: pereza, envidia, gula, ira, lujuria, avaricia y soberbia.
Hoy en día, las piñatas han evolucionado enormemente, existiendo en formas y colores variados que se adaptan a cualquier celebración, desde posadas hasta cumpleaños y fiestas escolares. Las calles se llenan de vida y color, invocando recuerdos de la infancia, cuando pequeños y grandes esperaban con ilusión el momento de romper la piñata, ansiosos por recoger la mayor cantidad de dulces, sin importar el golpe recibido en el proceso.
Sin embargo, detrás de cada piñata existe una historia, una narrativa de esfuerzo y dedicación que muchas veces queda oculta. Por ejemplo, Othoniel Vega Vázquez comparte su experiencia, marcada por la necesidad y el sacrificio. Su infancia estuvo sembrada de dificultades; a pesar de crecer en un hogar donde lo más importante era la familia y el amor maternal, la ausencia de su padre dejó una huella profunda. Othoniel recuerda con cariño al maestro Jesús Ramírez, quien creyó en él y le facilitó una beca para continuar sus estudios, un paso que tuvo que dejar atrás debido a las vicisitudes económicas.
Con su hermana Claudia, decidió entrar al mundo laboral a una edad temprana, dedicándose a trabajos que le permitieran ayudar a su familia. Durante años, trabajó en diferentes empleos, siendo su período más prolongado en una famosa empresa de bebidas. Sin embargo, la vida le llevó por caminos distintos, y junto a su esposa, decidieron emprender un negocio de disfraces. Fue ahí donde la creatividad floreció, aunque diversos obstáculos, como la influenza y la inseguridad, llevaron a que abandonaran su sueño.
Un día, Othoniel pidió a Dios orientación y, tras observar a su alrededor, encontró una nueva oportunidad en la elaboración de piñatas utilizando globos, cartón y alambre. Las primeras figuras que creó fueron del Hombre Araña y Dora la Exploradora; su obra máxima llegó cuando una doctora le solicitó una piñata de Blanca Nieves y los siete enanos. Hoy, sus piñatas brillan en concursos y desfiles, llevando alegría a niños y familias.
Por otro lado, Elizabeth Sánchez Juárez mantiene viva la tradición de la piñata en su familia. De su abuela María Luisa Torres heredó el arte de elaborar flores, coronas y piñatas, utilizando ollas de barro, papel y engrudo, con estructuras de carrizo. Tras la muerte de su abuela, su madre continuó el legado, pero la pandemia forzó un cambio en la manera de crear, adaptándose a nuevas realidades y haciendo piñatas más pequeñas para eventos familiares.
Con el auge del internet, también llegó una mayor demanda de diseños exclusivos, donde los niños solicitan piñatas de sus personajes favoritos. Elizabeth recuerda con nostalgia la primera piñata que creó, un burrito al que, al final, había olvidado decorar en una de sus patas. A pesar de la competencia creciente, mantiene una actitud optimista y reconoce que cada uno tiene su oportunidad. Ella sigue adelante con este oficio, no solo por ser un legado familiar, sino porque encuentra satisfacción en ver sonrisas en los rostros de los niños.
Las piñatas son más que simples objetos decorativos; son portadoras de historias, emociones y tradiciones que atraviesan generaciones. La necesidad transforma la creatividad en piñata, convirtiéndose así en un símbolo de alegría y esperanza para todos aquellos que han encontrado en este arte una forma de vida. En cada golpe que resuena contra el cartón, se escucha un eco de risas, sueños y, sobre todo, un profundo anhelo de felicidad compartida.
Colaboración: Prof. Crescencio Martínez Candelario.
Cronista Municipal.

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